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La fuerza que nadie puede quitarte

Hay días en los que te levantas y no sabes muy bien qué ha pasado, pero algo por dentro se siente como si alguien hubiera movido los muebles sin avisar. No ha ocurrido ninguna tragedia, no hay drama digno de telediario, y sin embargo notas esa sensación rara de «yo antes estaba mejor… seguro».

Te haces el café, miras por la ventana y el día no entra fino. Como una radio mal sintonizada, que suena, pero con ruido de fondo.

Eso no suele salir en los libros de autoayuda ni en los vídeos de «cinco pasos para ser feliz antes del jueves». Porque aquí no hay épica, hay vida normal. Y la vida normal, cuando se pone terca, pesa más que cualquier discurso motivacional con música de fondo.

Esta reflexión también está disponible en formato vídeo, con narración y apoyo visual:
Ver La fuerza que nadie puede quitarte en YouTube.

En el vídeo cuento la historia de un hombre que descubrió esto de la forma más dura posible: cuando te quitan casi todo lo de fuera, todavía queda una cosa que nadie puede tocar: la actitud con la que respondes. No es teoría bonita, es experiencia vivida. Y por eso la lección pesa más.

El sentido no siempre viene con fuegos artificiales

Nos han vendido que el sentido de la vida tiene que aparecer como una gran revelación, con luz, claridad y una especie de momento mágico en el que todo encaja de golpe. Pero la realidad es mucho más discreta y bastante más de andar por casa. El sentido casi nunca llega con trompetas; suele llegar en pequeño formato.

Aparece cuando cumples con lo que dijiste que ibas a hacer aunque no tengas ganas, cuando sigues cuidando algo importante aunque estés cansado, cuando terminas el día con la conciencia razonablemente tranquila. No es espectacular ni presume en redes, pero sostiene más que muchas frases brillantes.

Nos cuesta aceptar lo simple

Tenemos una costumbre curiosa: desconfiar de lo sencillo. Si algo no viene con palabras raras y teorías profundas, parece que no vale. Pero la mayoría de verdades que de verdad ayudan son bastante directas y poco espectaculares.

Dormir mejor ayuda. Parar ayuda. Decir “NO” ayuda (y bastante más de lo que parece). Y no meterse en todas las peleas también alarga la vida, aunque no dé titulares.

No queda bonito en un póster con atardecer de fondo, pero funciona. Y al final, lo que funciona,  aunque no luzca, es lo que te mantiene en pie cuando hace falta.

La libertad de elegir… incluso cuando no apetece

La vida no siempre te deja elegir lo que pasa, eso ya lo sabemos todos por experiencia. Pero sí te deja elegir cómo respondes, y ahí está la parte que cuesta aceptar cuando el día viene torcido. Porque elegir bien no suele coincidir con lo que apetece en el momento.

Hay una idea que atraviesa toda la reflexión del vídeo publicado: el ser humano puede aguantar casi cualquier «cómo» si tiene un «para qué». Dicho menos fino y más de calle: cuando sabes por qué sigues, aguantas más de lo que pensabas.

Elegir bien a veces es callarte a tiempo, esperar un poco más, no mandar ese mensaje que tienes escrito, o no rendirte hoy aunque estés tentado de mandar todo al carajo. Eso no es debilidad; es músculo interior. No se entrena con frases bonitas, se entrena con días reguleros y decisiones pequeñas.

No todo depende de fuera (y eso son buenas noticias)

Si todo dependiera de lo externo estaríamos perdidos, porque lo externo cambia, falla, se retrasa y a veces desaparece sin previo aviso. Pero hay una parte que no está fuera y esa es la buena noticia. Está dentro y tiene que ver con la postura con la que te plantas ante lo que toca.

Es ese momento en el que dices: “Vale, no es lo que quería, pero es lo que hay. Vamos a ver cómo juego esta mano.” No hace ruido, no impresiona a nadie, pero funciona. Es poder silencioso del que no presume nadie y que, sin embargo, sostiene mucho.

La fuerza que no hace ruido

Nos han vendido la fuerza como algo espectacular, casi teatral: discursos, intensidad, épica y ruido. Pero la fuerza real casi siempre es discreta. Es levantarte cuando no te ve nadie, seguir cuando no hay aplausos y no romperte por dentro aunque por fuera el día venga torcido de fábrica.

Dicho en andaluz fino: no es fuerza de escenario, es fuerza de aguante. Y esa es la que sirve cuando de verdad hace falta.

Cuando la llama es pequeña (y vale igual)

Hay etapas en las que no estás para hogueras. Bastante tienes con que la cerilla no se apague. Y conviene decirlo claro: eso también cuenta. Nos han hecho creer que si no estás al cien por cien no vale, y eso es mentira. Vale el veinte por cien, vale el paso corto, vale el “hoy hasta aquí llego”.

La constancia humilde gana más batallas que la motivación espectacular. Lo pequeño, sostenido en el tiempo, suele ser más fuerte que lo grande y breve.

Conclusión: lo que de verdad importa

La fuerza que nadie puede quitarte no viene de fuera. No depende de que todo salga bien, ni de que el día venga favorable, ni de que tengas ganas. Viene de dentro, de tu forma de responder cuando la cosa se pone seria, de no traicionarte, de no rendirte demasiado pronto y de seguir, aunque sea despacio.

No es espectacular, no siempre se nota, y no suele hacer ruido. Pero cuando hace falta… aparece. Y con eso, muchas veces, basta.

Si hoy solo puedes seguir un poco, sigue un poco. Mañana ya será otro tramo..

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