Un fin de semana entre Ronda, el Caminito del Rey y Setenil: aventura, naturaleza y pueblos con encanto
A veces no hace falta ir muy lejos para sentir que estás viviendo una pequeña aventura. Solo hace falta un camino, buenos amigos… y ganas de perderse un poco.
Hay viajes que se planean con meses de antelación y, aun así, cuando llegan, parecen pasar demasiado rápido. Quizá porque cuando se juntan amigos, naturaleza, buena comida y pueblos llenos de historia, el tiempo adquiere otro ritmo y este fin de semana fue uno de esos.
Todo comenzó realmente hace más de cuatro meses, cuando conseguimos las entradas para el Caminito del Rey. Quien lo conoce sabe que no es fácil: si vas en grupo y quieres una fecha concreta, hay que organizarse con bastante antelación. Finalmente lo logramos, y así empezó a tomar forma un plan que acabaría convirtiéndose en algo más que una simple ruta.

Primera parada: Ronda, la ciudad que mira al abismo
Salimos el viernes rumbo a Ronda, una de esas ciudades que parece suspendida entre la historia y el paisaje. Pasear por sus calles siempre tiene algo especial, pero hacerlo con amigos lo convierte en otra experiencia… o quizás somos nosotros los que empezamos a mirar las cosas con otros ojos cuando salimos de la rutina.
El protagonista indiscutible es el Puente Nuevo, que se alza majestuoso sobre el Tajo de Ronda, una impresionante garganta de más de cien metros de profundidad que divide la ciudad en dos. Desde los miradores se entiende por qué este lugar ha fascinado a viajeros y escritores durante siglos.

Tras el paseo llegó el momento de reponer fuerzas en el restaurante La Taberna. A pesar de que el tiempo no acompañaba para comer en terraza y el local estaba bastante lleno, el personal tuvo una amabilidad extraordinaria y consiguió acomodarnos a los diez.
Hubo que esperar un poco, sí… pero mereció totalmente la pena.
Aunque en ese momento había algún que otro miembro del grupo que empezaba a mirar la carta como si fuera un documento histórico esperando ser descubierto.
La comida fue simplemente fantástica: buena presentación, sabores cuidados y ese tipo de atención que hace que te sientas bien recibido desde el primer momento. En una palabra: de diez.

Después de comer dimos otro paseo tranquilo por la ciudad antes de poner rumbo a nuestro destino para descansar, compartir las viandas que llevamos para cenar y echar algunos juegos de mesa.
Una casa rural junto al agua: Cuevas del Becerro
Al caer la tarde llegamos a Cuevas del Becerro, donde habíamos alquilado una casa rural en el paraje del Saltadero.
El lugar tenía ese encanto especial que solo tienen los alojamientos rodeados de naturaleza: un pequeño río pasando junto a la casa. Era el río Cuevas, que nace muy cerca del núcleo urbano en un manantial conocido como El Nacimiento. Sus aguas cristalinas brotan con fuerza y atraviesan el pueblo antes de acabar uniéndose al río Guadalteba.

La noche del viernes fue sencilla y perfecta: cena en la casa rural y juegos de mesa entre risas.
A veces no hace falta nada más.
El plato fuerte del fin de semana: el Caminito del Rey
El sábado por la mañana desayunamos en un bar del pueblo y pusimos rumbo a Caminito del Rey.
De los diez que habíamos viajado, ocho éramos los que haríamos la ruta.
Dejamos el coche en la entrada norte, cerca del conocido restaurante El Kiosko, y atravesamos el túnel de acceso que conduce hasta el inicio del sendero.
A las doce y media, más o menos, comenzamos la aventura.
El Caminito del Rey es uno de esos lugares que impresionan desde el primer momento. Pasarelas colgadas sobre paredes verticales, desfiladeros profundos y vistas espectaculares sobre el Desfiladero de los Gaitanes. Lo que antiguamente fue un camino de servicio para las presas de la zona se ha convertido hoy en una de las rutas más impresionantes de España.

El recorrido, de unos ocho kilómetros, combina senderos naturales con pasarelas suspendidas sobre el cañón. Caminar por allí es una mezcla de emoción, respeto por la naturaleza y esa pequeña adrenalina que aparece cuando miras hacia abajo y ves el vacío bajo tus pies.
Terminamos el recorrido alrededor de las dos de la tarde y regresamos en el autobús lanzadera hasta el punto de inicio, donde nos esperaba la siguiente parada obligatoria: comer.
Comer después de caminar sabe el doble de bien
Volvimos al Restaurante El Kiosko, donde repusimos fuerzas después de la ruta.
Tras la comida regresamos a la casa rural para descansar un poco… aunque algunos decidieron aprovechar la tarde para recorrer el Sendero del Tilín, un sendero que tiene su inicio junto a la entrada de nuestro alojamiento, una ruta circular que lleva hasta el nacimiento del río, atravesando un paraje natural precioso y pasando por una cascada que convierte el paseo en una pequeña joya escondida de la zona.

La noche del sábado repitió la fórmula perfecta: cena en la casa, juegos de mesa y muchas risas.
Setenil de las Bodegas: calles bajo la roca
El domingo, después de desayunar, pusimos rumbo a Setenil de las Bodegas.
Este pueblo es uno de los más curiosos de toda Andalucía. Sus casas están literalmente integradas en la roca, creando calles únicas como la famosa Calle Cuevas del Sol o Cuevas de la Sombra, donde las fachadas blancas conviven con enormes bloques de piedra que hacen de techo natural.
Pasear por allí es como caminar por un lugar que desafía la lógica de la arquitectura.

Olvera y sus vistas infinitas
Nuestra siguiente parada fue Olvera, uno de los pueblos blancos más bonitos de la provincia de Cádiz.
Desde la parte alta del pueblo, dominada por su castillo y la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, se puede contemplar prácticamente toda la comarca. El contraste entre el blanco de las casas y el verde de los campos que lo rodean es espectacular.

Allí comimos en el restaurante Corral del Pachecho, un lugar muy interesante porque mezcla la esencia de la gastronomía local con un toque innovador de cocina asiática. Una combinación curiosa que funciona sorprendentemente bien.
La última parada: Bornos… y el postre más compartido de la historia
De regreso a casa hicimos una última parada en Bornos para tomar un café y algo dulce.
Los pastelitos… bueno… digamos que la oferta repostera en este pueblo era bastante “minimalista” para ser un domingo por la tarde.
Finalmente apareció en la mesa un único rollito de hojaldre.
Para diez personas. Sí, diez.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Todos mirábamos la cuña… y la cuña parecía mirarnos a nosotros.
Aquello no era un postre, aquello era un ejercicio de ingeniería en el reparto… digno de un problema de matemáticas.

Pero al final, entre bromas y risas, hasta eso acabó formando parte de la historia del viaje.
Conclusión: Cuando el destino importa… pero la compañía aún más
Y así terminó el fin de semana. Tres días de naturaleza, pueblos llenos de historia, buena comida, senderos espectaculares y momentos sencillos que, al final, son los que realmente se recuerdan.
Porque lugares como el Caminito del Rey impresionan, pueblos como Ronda o Setenil enamoran… pero lo que convierte un viaje en algo especial es siempre lo mismo: la gente con la que lo compartes.
Al final te das cuenta de que no son solo los lugares los que permanecen en la memoria, sino las conversaciones, las risas y hasta esos pequeños momentos inesperados que acaban formando parte de la historia del viaje.

Porque hay caminos que se recorren con los pies… y otros que se quedan para siempre en la memoria.

Un bonito fin de semana en la provincia