Antes de Halloween, España ya tenía sus propias noches de miedo
Ánimas errantes, calabazas iluminadas, leyendas centenarias y tradiciones que demuestran que, mucho antes de importar Halloween, en España ya sabíamos cómo pasar una noche de auténtico miedo (y sin gastarnos un duro en disfraces de látex).
Cuando los muertos regresaban a casa
Imagina una pequeña aldea española hace doscientos años. Ha caído la noche, las calles están desiertas y a lo lejos doblan las campanas. Dentro de las casas se encienden velas para recordar a los que ya no están, porque según la creencia popular, en estas fechas las almas tenían permiso para volver al mundo de los vivos.

Había quien dejaba una luz en la ventana para orientar su camino o la mesa puesta con comida por si algún familiar fallecido decidía hacer una visita. Que el detalle es bonito, no lo vamos a negar, pero una cosa era recibir al abuelo que tanto querías y otra muy distinta levantarte a por agua a las tres de la mañana y encontrarte a un señor del siglo XVII picoteando las sobras de la cena sin haber llamado a la puerta.
Mucho antes de que el 31 de octubre se llenara de calabazas de plástico y caramelos en los centros comerciales, nuestros pueblos conservaban sus propias historias sobre esa misteriosa frontera entre lo que conocemos y lo que nos da un “yuyu” tremendo. Y lo mejor es que muchas siguen bien vivas.
Entre el rosario, el miedo y los dulces
El calendario marca dos citas seguidas: el 1 de noviembre (Todos los Santos) y el 2 de noviembre (los Fieles Difuntos). Durante generaciones, estos días han ido de la mano de visitas al cementerio, flores y bandejas de huesos de santo y buñuelos, porque en este país sabemos de sobra que las penas, con azúcar, son menos penas.

Pero en cuanto caía el sol y se rezaba el último Padre Nuestro, el folclore tomaba el relevo. En unos pueblos se encendían mariposas de aceite flotando en agua por cada difunto; en otros se tapaban las cerraduras o se interpretaba cualquier crujido nocturno como una visita del más allá (aunque fuera el gato haciendo de las suyas). En el fondo, era nuestra forma de no dejar marchar del todo a quienes queríamos. Eso sí, por si las moscas, la mayoría prefería honrarlos de día y dejar las puertas bien trancadas por la noche.
Galicia: el Samaín y el desfile al que nadie quiere apuntarse
Si hay un lugar donde las historias de ánimas juegan en primera división, ese es Galicia. Entre bosques cerrados y nieblas espesas, los gallegos celebran el Samaín, una fiesta de raíces celtas que se ha recuperado con mucha fuerza en las últimas décadas. En algunos pueblos se vaciaban calabazas, se les tallaban caras y se les ponía una vela dentro para dar un buen susto al que pasara. También se recuerdan costumbres como dejar la mesa sin recoger la noche de Difuntos o encender hogueras para guiar a las ánimas. No ocurría en todas las aldeas ni tiene por qué venir todo de los celtas, pero está claro que imaginación no faltaba.
Y es que en Galicia con los muertos no se juega, sobre todo si hablamos de la Santa Compaña. Cuenta la leyenda que, en la noche cerrada, una comitiva de almas en pena vestidas con túnicas recorre los caminos descalza y con cirios encendidos, dejando un olor a cera quemada y un frío que corta la respiración para anunciar que alguien de la zona va a morir pronto.

Según algunas versiones, lo peor es que quien encabeza la procesión portando la cruz no es un difunto, sino un vecino vivo que se va consumiendo noche tras noche. Para librarse, tiene que cruzarse con otro incauto y pasarle la cruz (y el “marrón”). ¿Y si te encontrabas con la comitiva? Hay relatos que aconsejan trazar un círculo en el suelo y quedarse dentro sin mirar atrás; otros hablan de echarse boca abajo. Cada pueblo tenía su receta, pero todas venían a decir lo mismo: mejor no hacerse el valiente por el monte a deshoras.
Soria y el amigo Bécquer: cuando una cita sale regular
Si de pasar frío y miedo en el monte se trata, en Soria tampoco se quedan cortos. Allí ambientó nuestro paisano sevillano Gustavo Adolfo Bécquer una de las mejores historias de fantasmas en español: El Monte de las Ánimas (1861).
La trama nos sitúa en la noche de Todos los Santos, después de que Alonso y su prima Beatriz vuelvan de cazar por un monte maldito donde siglos atrás se habían matado a espadazos nobles sorianos y caballeros templarios. Total, que al llegar a casa, Beatriz deja caer que ha perdido su banda azul en el monte y qué pena, que quería regalársela a él. Y claro, Alonso, por quedar como un valiente delante de la prima, se traga el miedo y se planta allí solo a medianoche.

No vamos a destripar el final, pero está claro que si Alonso hubiera tenido un amigo del sur al lado, le habría soltado aquello de: “¿Pero tú qué necesidad tienes de meterte ahí ahora, alma de cántaro, con lo a gusto que se está al lado de la chimenea?”. Bécquer clavó tan bien la atmósfera que hoy Soria entera celebra cada otoño el Festival de las Ánimas, donde su célebre historia vuelve a cobrar vida junto al Duero, entre antorchas, tambores y brasas.
Cádiz: aquí hasta los difuntos aguantan el arte gaditano
Después de tanta procesión fantasma y tanto templario dando mandobles, toca bajar para nuestra tierra. Porque si hay un rincón capaz de ponerle guasa hasta al Día de los Difuntos, ese es Cádiz.

En la capital y en pueblos de la Bahía se vive la fiesta de los Tosantos. En los mercados municipales, los detallistas pasan días disfrazando cochinos, pescados, frutas y verduras para montar maquetas satíricas que repasan sin filtro toda la actualidad. Donde otros ven silencio, en Cádiz te montan un chirigoteo visual con cuatro kilos de patatas y media docena de caballas. Aunque, pensándolo bien, doblar la esquina de la plaza de abastos y darte de bruces con una merluza con peluca imitando a un tertuliano de la tele o a dos chocos casándose también te deja con el ojo cuadrado. Es la prueba de que en el sur preferimos espantar a la muerte a base de ingenio y una buena carcajada.
¿Y de dónde sale entonces todo el lío de Halloween?
Viendo que aquí ya teníamos el cupo de sustos y fiestas bien cubierto, ¿cómo hemos acabado rodeados de telarañas de bazar?
El origen de Halloween es un buen potaje cultural. Entre sus antecedentes está el Samhain celta, que marcaba el final de la cosecha y el inicio de la mitad oscura del año en lugares como Irlanda o Escocia, una noche en la que se abría la frontera con el mundo de los espíritus. Con los siglos, las costumbres populares y las celebraciones cristianas de estas fechas fueron influyéndose unas a otras. El propio nombre de Halloween viene de All Hallows’ Eve, es decir, la víspera de Todos los Santos.

Aquí conviene no comprar los resúmenes fáciles de internet: ni el Halloween actual es el mismo ritual que hacían los druidas, ni el Vaticano puso el 1 de noviembre solo para “fastidiarles” la fiesta a los celtas. En el siglo XIX, muchos inmigrantes irlandeses llevaron estas costumbres a Estados Unidos. Allí la fiesta fue cambiando y, ya en el siglo XX, el cine, la televisión y la publicidad ayudaron a hacerla famosa mucho más allá de sus fronteras. Vamos, que cruzó el charco en una maleta y volvió convertida en un negocio con telarañas incluidas.
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Cambiaron los disfraces, pero no el misterio
Tenemos fibra óptica, satélites y explicaciones científicas para casi todo, pero en cuanto se va la luz en casa o alguien suelta un “pues esto le pasó al primo de un amigo mío en el pueblo…”, todos dejamos el móvil y ponemos la oreja. Quizá sea porque la muerte sigue siendo el único gran misterio del que nadie ha vuelto para hacernos un PowerPoint explicativo, o por el arte que tenemos los vivos para seguir buscándoles una excusa y una silla vacía en la mesa a los que se fueron.

Así que ya sabes: cuando llegue la noche del 31 de octubre, disfruta de Halloween, date una vuelta por los Tosantos o híncale el diente a unos huesos de santo. Pero si volviendo a casa por una calle solitaria escuchas pasos detrás de ti… tú hazme caso, aligera el paso y tampoco te pares a preguntar quién es. Que por probar no quede, pero mejor no tentar a la suerte.
Dicen que hay que perderle el miedo a los muertos y tenerle más respeto a los vivos. Al fin y al cabo, los primeros llevan siglos sin meterse en nuestros asuntos… ¡y los segundos no paran!
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