Grazalema, El Tempranillo y una historia entre pólvora y leyenda
El pasado domingo 4 de octubre nos fuimos a Grazalema para ver la última jornada de Sangre y Amor en la Sierra, una recreación que durante unas horas llena el pueblo de bandoleros, migueletes, caballos, pólvora y vecinos vestidos de época.
Llegar ya tuvo su aquel. Dejamos el coche antes de entrar al pueblo y bajamos tan contentos, entretenidos con el paisaje y el ambiente, sin pensar demasiado en que aquella cuesta iba a seguir allí esperándonos para la vuelta. Porque las cuestas tienen esa mala costumbre: por la mañana parecen decorativas y por la tarde se convierten en una prueba de supervivencia.

La previsión hablaba de lluvia, pero al final no cayó una gota. Al contrario, hubo momentos de sol y bastante calor. Desde primera hora se notaba que no era un domingo cualquiera. Había gente por todas partes, personajes de época cruzando las calles y esa sensación un poco extraña de estar entrando en un pueblo que, por unas horas, parecía haberse olvidado del siglo XXI.
Un pueblo convertido en escenario
La representación se va moviendo por distintos puntos del pueblo, así que aquí no eres simplemente un espectador sentado delante de un escenario. Aquí toca caminar. Calesas entrando por la plaza, caballos, escenas de cárcel, música, canto, mujeres con vestidos de época, bandoleros que aparecen por una esquina y migueletes formando unos metros más allá.

El público va siguiendo la historia de un sitio a otro y, casi sin darte cuenta, acabas metido dentro del espectáculo. También hubo tiempo para comer: grandes paelleras de arroz, productos de la sierra, chorizos y demás argumentos bastante convincentes para hacer una parada.
Lo único que no encontramos fue café. Dulces sí, refrescos también, así que hubo que improvisar. No será la combinación más ortodoxa del mundo, pero después de un rato entre cuestas, caballos y trabucos uno empieza a considerar perfectamente razonable acompañar un dulce con lo que haya a mano. Lo importante era reponer fuerzas; la dignidad gastronómica ya la recuperaríamos otro día.
El Tempranillo y María Jerónima
Detrás de todo aquello está José María “El Tempranillo”, uno de los bandoleros más conocidos de la Andalucía del siglo XIX. Con el tiempo, la literatura y la tradición popular fueron convirtiéndolo en una figura casi mítica: valiente, libre, perseguido por la justicia y, según muchas historias, protector de los más débiles.
Vamos, que entre unas cosas y otras terminó con un currículo romántico bastante más apañado que el de muchos personajes de su época.
Pero la recreación de Grazalema no gira solamente alrededor del bandolero. En el centro aparece María Jerónima Francés, su esposa y madre de su hijo.

Y ahí es donde la historia deja de parecer una aventura de caminos, persecuciones y trabucos para convertirse en algo bastante más humano. Es precisamente la historia de esa familia la que une especialmente al personaje con Grazalema y la que da sentido a buena parte de lo que se representa durante el fin de semana.
Entre historia, tradición y leyenda
Según la tradición que inspira la representación, María Jerónima estaba embarazada cuando alguien informó a las autoridades de que El Tempranillo se encontraba cerca. Aquel aviso habría desencadenado el cerco.
Mientras fuera comenzaba el enfrentamiento, ella se puso de parto. El niño nació y María Jerónima murió. El pequeño sobrevivió y fue bautizado pocos días después en Grazalema.

A partir de ahí entramos en ese terreno donde los documentos, la memoria popular, la tradición oral y la dramatización empiezan a mezclarse, y conviene no confundir una cosa con otra.
Incluso se cuenta que El Tempranillo consiguió escapar llevándose al recién nacido y el cuerpo de María Jerónima.
Es una imagen potentísima como parte de una leyenda, pero tampoco vamos a verla como si alguien hubiera estado allí en 1832 grabándolo todo en vertical para subirlo después. Lo interesante de la recreación está precisamente en cómo toma esos hechos, recuerdos y relatos y los convierte en una historia que hoy puede seguir entendiendo cualquiera que llegue a Grazalema sin saber demasiado de El Tempranillo.
Cuando empiezan a sonar los trabucos
Después aparece el chivato, la traición, la búsqueda del responsable y finalmente la batalla.
Y cuando empiezan a sonar los trabucos, toda la teoría histórica pasa durante unos minutos a un segundo plano. Los migueletes forman, los bandoleros responden, el humo empieza a cubrir parte del escenario y la pólvora retumba entre las montañas.
El público está tan cerca que hay momentos en los que uno no sabe si seguir grabando con el teléfono o taparse los oídos. Normalmente intentas hacer las dos cosas y no haces bien ninguna.

Y ahí está también parte de la gracia de una recreación como esta: una cosa es leer que hubo persecuciones y enfrentamientos y otra bastante distinta sentir un trabucazo a pocos metros y descubrir que el cuerpo humano tiene reflejos bastante más rápidos de lo que uno pensaba.
Al final llega la salva, los aplausos y todos aquellos muertos, perseguidos y bandoleros vuelven tranquilamente a ser vecinos de Grazalema como si allí no hubiera pasado nada cinco minutos antes.
Si quieres ver la recreación en movimiento, escuchar los trabucos y acompañarnos por Grazalema, el vídeo completo estará disponible, como siempre, en Último vídeo publicado, dentro de la sección Vídeos de Enigmas Nómadas, mientras no publiquemos otro.
Después podrás seguir viéndolo en nuestro canal de YouTube.
Conclusión
Nosotros también volvimos al presente, aunque antes tuvimos que enfrentarnos al verdadero enemigo del día: la cuesta hasta el coche. Curiosamente, por la mañana parecía bastante más corta. Debe de ser algún fenómeno físico que la ciencia todavía no se ha molestado en estudiar.
Fuimos a Grazalema para ver una recreación, pasar el día y disfrutar del ambiente, y acabamos volviendo con una historia bastante más humana de lo que esperábamos: una mujer que murió, un niño que nació, un bandolero perseguido y casi dos siglos de relatos que terminaron convirtiendo al hombre en leyenda.
Más allá de cuánto haya de documento, tradición o dramatización en cada escena, a mí lo que más me gusta de todo esto es que Grazalema no ha dejado que la historia se quede encerrada en papeles o libros. Cada año vuelve a sacarla a la calle, con sus vecinos, sus caballos, su música, sus disparos y su memoria.

A veces una historia sobrevive no porque recordemos exactamente cómo ocurrió, sino porque seguimos encontrando razones para volver a contarla.
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