La paciencia en la vida: lecciones del semáforo en rojo

Dicen que la paciencia es una virtud. Yo siempre pensé que era una especie de castigo inventado por alguien que nunca tuvo prisa.
Pero un día cualquiera —de esos en los que no pasa nada, hasta que pasa— descubrí algo curioso:
mi vida, o al menos esa mañana, estaba detenida en un semáforo… que no cambiaba jamás.

La luz roja más larga del mundo

Estaba ahí, de pie, con esa expresión de “no pasa nada, soy zen”, pero por dentro pensando:
¿Quién demonios programa estos semáforos?
El rojo brillaba con tal autoridad que parecía decirme:
“Ni lo intentes. Aquí no se cruza. Game over, amigo.”

La gente cruzaba, los coches pasaban, un perro hizo tres vueltas completas a una farola antes de marcharse… y mi luz seguía, firme y orgullosa, en rojo.

Y entonces me pregunté:
¿En cuántas partes de mi vida estoy igual que aquí?
Parado.
Esperando.
Quejándome por dentro.
Con ganas de correr pero sin dar un paso.

La revelación absurda (pero real)

En algún punto —no sé si fue el minuto tres, cuatro, nueve o treinta y dos— me di cuenta de algo importante:

El semáforo no era el problema. El problema era yo.

Yo, que llevaba días deseando avanzar, pero sin mover un músculo.
Yo, que esperaba “la señal perfecta” para hacer cosas que en realidad podía empezar ya.
Yo, que justificaba mis pausas como si la vida debiera darme permiso para continuar.

Ese semáforo era la metáfora más descarada que el universo podía ponerme delante.

A veces la vida te pone en rojo… a propósito

Porque sí, hay momentos en los que la vida te detiene.
Pero no siempre es un castigo.
A veces es una invitación.

Una invitación a respirar.
A pensar.
A observar lo que estás haciendo y hacia dónde vas.
A preguntarte si realmente quieres cruzar esa calle… o si estás ahí solo por inercia.

La llegada del verde (porque siempre llega)

Cuando finalmente el semáforo cambió —porque todos cambian, tarde o temprano— no arranqué como si estuviera en una carrera.
No.
Di un paso tranquilo.
Luego otro.
Y me di cuenta de que no tenía ninguna prisa por llegar al otro lado.

Porque mientras esperaba, entendí algo esencial:

No se trata de avanzar rápido. Se trata de avanzar consciente.

Y ese día, el verde no fue una señal de arranque.
Fue una señal de claridad.

Conclusión: ¿Y tú en qué luz estás hoy?

Tal vez estés ahora en un rojo eterno.
Quizá estás en un cruce lleno de dudas.
O puede que estés a punto de recibir un verde precioso y aún no lo sepas.

Sea cual sea tu semáforo, recuerda algo:

Los momentos de espera también forman parte del viaje.
No son tiempo perdido.
Son tiempo semilla.
Tiempo en el que algo —tú— se está preparando para seguir.

Y cuando llegue tu luz verde, que llegará…
No corras porque “toca”.
Camina porque quieres.


🎬 PD: Ya puedes ver el corto inspirador que acompaña este artículo en instagram o en nuestro canal de Youtube @Enigmasnómadas.

Es breve (menos de un minuto), pero captura exactamente este momento: la espera, la reflexión… y el paso tranquilo hacia adelante.

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