Las puertas que nunca abrimos: el misterio de las decisiones que no tomamos
Hay preguntas que aparecen cuando menos te lo esperas. Estás tranquilamente con tu café, escuchando una canción antigua o te cruzas con alguien que hacía un porrón de años que no veías y, de repente, tu cabeza decide ponerse a investigar asuntos que nadie le ha mandado. ¿Qué habría pasado si hubiera aceptado aquel trabajo? ¿Y si me hubiera marchado a vivir a otra ciudad? ¿Y si aquel día hubiera tenido el valor de decir lo que sentía?

Lo curioso es que esas preguntas no tienen respuesta, pero eso no impide que nos pasemos un buen rato buscándole los tres pies al gato. Al final, cada decisión que tomamos abre un camino y deja otros atrás. Algunos se olvidan enseguida, mientras que otros permanecen escondidos en algún rincón de la memoria, esperando cualquier excusa para reaparecer. Y ahí empieza uno de los misterios más extraños de nuestra existencia: sentir curiosidad, e incluso nostalgia, por una vida que nunca hemos vivido.
Las vidas que nunca llegamos a vivir
Imagina que hace veinte años te ofrecieron un empleo en otra provincia y dijiste que no, que tú te quedabas donde estabas, que para aventuras ya tenías bastante con llegar a fin de mes. Desde entonces has construido tu vida, conocido gente, disfrutado de buenos momentos y tragado algún que otro disgusto de los gordos. Pero, de vez en cuando, recuerdas aquella oferta y te preguntas cómo te iría ahora si hubieras hecho las maletas. Quizás tendrías otra casa, otros amigos, otra pareja o una forma completamente distinta de ver el mundo.

Lo mismo ocurre con decisiones mucho más pequeñas. Una llamada que no hicimos, un viaje al que renunciamos o aquella persona con la que nunca nos atrevimos a cruzar palabra. A veces basta con cambiar un detalle del pasado para montarnos una película de categoría. Y lo más desconcertante es que podemos llegar a sentir cierta tristeza por haber perdido algo que, en realidad, jamás tuvimos.
Pero aquí aparece una trampa en la que caemos con una facilidad pasmosa. Cuando imaginamos esa otra vida, casi siempre escogemos sus mejores momentos. Nos vemos disfrutando del trabajo perfecto, viviendo junto al mar con una terracita estupenda o compartiendo nuestros días con alguien maravilloso. Rara vez pensamos que aquel empleo podría haber sido un desastre, con un jefe de los que te hacen echar de menos hasta los lunes de desempleo, o que aquella relación habría terminado como el rosario de la aurora. Eso, curiosamente, nunca aparece en nuestra película.
La trampa del «¿y si…?»
En psicología existe un concepto llamado pensamiento contrafactual, que viene a ser nuestra capacidad para imaginar cómo habrían sido las cosas si hubiéramos tirado por otro lado. Es algo completamente normal y puede ayudarnos a comprender nuestras decisiones, aunque a veces las historias que fabrica nuestra cabeza parecen sacadas de una película con más presupuesto que sentido común.
Este mecanismo puede venirnos muy bien. Cuando recordamos una metedura de pata e imaginamos qué podríamos haber hecho de otra manera, tenemos la oportunidad de aprender para el futuro. El problema llega cuando dejamos de utilizar esas alternativas para entender lo ocurrido y empezamos a compararlas continuamente con la realidad que tenemos delante.

Porque, claro, la comparación tiene trampa. Nuestra vida real viene con su factura de la luz, sus obligaciones, sus días torcidos y sus averías inesperadas, mientras que la vida imaginada no paga hipoteca, no se le rompe la lavadora y nunca tiene que discutir con el seguro por una gotera. Allí todo sale redondo porque somos nosotros quienes escribimos el guion. Así cualquiera tiene una vida estupenda.
Además, las decisiones no funcionan como interruptores que cambian una sola cosa y dejan todo lo demás intacto. Aceptar aquel trabajo habría significado conocer a otras personas, estar en lugares distintos y tomar cientos de decisiones nuevas. No podemos saber adónde nos habría llevado aquel camino porque cada paso habría cambiado también los siguientes. Y es que la vida tiene esa costumbre tan suya de no enseñarnos el final de la película antes de comprar la entrada.
El verdadero misterio está en nuestra cabeza
Hay algo fascinante en todo esto: podemos sentir emociones auténticas por cosas que jamás sucedieron. Una posibilidad imaginada puede despertarnos alegría, arrepentimiento, alivio o esa melancolía que aparece sin avisar cuando escuchamos una canción de hace treinta años. Aunque sabemos distinguir entre lo que ocurrió y lo que imaginamos, ambas cosas pueden conmovernos. Nuestra imaginación tiene más poder sobre lo que sentimos del que a veces nos gustaría reconocer.
Quizás por eso algunas decisiones antiguas conservan tanta fuerza. No siempre echamos de menos una oportunidad concreta, sino lo que representaba para nosotros. Aquel viaje pendiente puede simbolizar nuestra juventud y las ganas de comernos el mundo; aquel empleo rechazado puede recordarnos una época en la que todo parecía estar por descubrir, y aquella conversación que nunca tuvimos quizás represente algo que nos habría gustado decir, aunque ya no sepamos si habría servido de mucho.

También ocurre otra cosa con el paso de los años. Nosotros cambiamos, nuestras prioridades dan más vueltas que una persiana vieja y terminamos juzgando decisiones pasadas con información que entonces no teníamos. Es muy fácil reprocharnos no haber elegido mejor cuando ya sabemos cómo acabó la historia. Pero la persona que tomó aquella decisión tenía otros miedos, otros conocimientos y unas circunstancias muy distintas. Pedirle que hubiera acertado con lo que sabemos hoy sería como exigirle que adivinara los números de la lotería del sábado siguiente.
Tal vez el verdadero enigma no sea averiguar qué había detrás de las puertas que dejamos cerradas, sino entender por qué seguimos mirando por la cerradura tantos años después, como quien se asoma a la mirilla para enterarse de todo lo que pasa en el bloque. A veces buscamos respuestas; otras, simplemente intentamos reencontrarnos con quienes éramos cuando todavía teníamos tantos caminos por delante y el futuro parecía no acabarse nunca.
CONCLUSION:
Hay una paradoja en la que pocas veces caemos: mientras soñamos con la vida maravillosa que podríamos haber tenido siguiendo otro camino, se nos olvida que muchas de las cosas que hoy forman parte de nosotros llegaron precisamente porque elegimos este. Personas que aparecieron por casualidad, experiencias que nos cambiaron y momentos que, sin hacer demasiado ruido, terminaron convirtiéndose en recuerdos que no cambiaríamos por nada.

Puede que, en alguna versión imaginaria de nuestra historia, alguien muy parecido a nosotros esté preguntándose qué habría sucedido si hubiera tomado exactamente las decisiones que nos han traído hasta aquí. Quizás contemple nuestra vida con la misma curiosidad con la que nosotros miramos la suya. Y ahí está lo verdaderamente extraño: pasamos tanto tiempo preguntándonos qué habría detrás de otras puertas que a veces olvidamos cómo llegamos a estar delante de esta.
Nunca sabremos qué nos esperaba detrás de las puertas que no abrimos. Pero tampoco habríamos conocido todo lo que encontramos al atravesar las que sí elegimos.
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