Resaca de Semana Santa: Guía para no morir en la vuelta (si no has descansado ni un puñetero minuto)
¡Ea! Se acabó el lío. Se recogieron los pasos, se apagaron los últimos cirios y ese olor a incienso que lo inundaba todo ya es solo un recuerdo que pelea con el aroma a café quemado de la oficina. Para medio mundo, esta semana ha sido el paraíso de las torrijas y el descanso. Para la otra mitad, ha sido una carrera de obstáculos de las buenas.

Si te ha tocado pringar mientras los demás subían fotos de playas con filtro o si la vuelta al cole te ha atropellado como un costalero que llega tarde a su puesto, quédate por aquí. Vamos a bajar a la tierra un ratito.
Lo de «volver con las pilas cargadas» es un cuento chino
Odio esa frase, de verdad: «Hay que volver con las pilas cargadas». Como si fuéramos mandos a distancia de los chinos. La realidad es que muchos volvemos con las pilas más fritas que las torrijas que se quedaron olvidadas en la encimera. Nos bombardean con esa felicidad impostada de Instagram, pero nadie te cuenta lo que escuece estar al pie del cañón cuando el cuerpo te pide a gritos un desierto para ti solo.

Ya sea en la hostelería, en un hospital o lidiando con marrones familiares que no vienen en el calendario, si no has parado, tu fuerza interior no es un eslogan de taza de desayuno: es resistencia pura. No te fustigues si hoy no tienes ganas de comerte el mundo. A veces, con no dejar que el mundo te pegue un bocado a ti, ya vas ganando por goleada.
La penitencia de la que nadie sube fotos
Pero vamos a lo importante, que no solo de nóminas y trabajo vive el hombre. Hay una Semana Santa de la que no se habla porque no queda bien en los «stories»: la que se pasa entre paredes blancas o con la persiana bajada porque el cuerpo, simplemente, ha dicho: «hasta aquí».

Si te ha tocado pasar estos días en un hospital, con ese «pi-pi-pi» constante del monitor que se te mete en el cerebro, o en el sofá de casa peleando con alguno de esos bichitos que te dejan doblado, tu esfuerzo ha sido el más real de todos. Ver la fiesta por la ventana o a través de la pantalla del móvil duele más que el cansancio físico.
A ti, que estás reponiéndote en silencio: no has perdido el tiempo. Has estado en el taller, reparando lo más valioso que tienes. Ahora toca volver con calma, sin que te metan prisas. La verdadera superación no es subir al Mulhacén con el equipo nuevo; es ser capaz de sonreír cuando te traen el caldito mientras el cuerpo lo único que quiere es tirar la toalla.
¿Envidia de los que vuelven de viaje? Ni un poquito
Es humano sentir ese reajuste (por no decir mala leche) cuando ves a tu colega contando lo bien que se lo ha pasado en la sierra. Pero piensa en esto: mientras ellos están sufriendo la depresión post-vacacional y no saben ni cómo se enciende el ordenador, tú ya estás en órbita.

Esa inercia que traes, aunque sea a base de café y voluntad, es oro puro. Tienes el ritmo cogido. Aprovecha esa velocidad para quitarte de encima lo más gordo antes de que el resto despierte del letargo. Eso sí, regálate tu propio premio. Si no tuviste tu momento la semana pasada, invéntatelo hoy: un paseo sin el dichoso móvil, ese libro que tienes acumulando polvo o simplemente media hora de silencio absoluto. Te lo has ganado con creces.
Un rugido en la oscuridad (lo que estoy tramando…)
Entre café y café, no creáis que me he quedado de brazos cruzados mirando al techo. Los que me conocéis sabéis que mi cabeza no sabe lo que es estar en punto muerto. He aprovechado los ratos de silencio para revisar notas, desempolvar algún libro viejo y seguir tirando de esos hilos que tanto nos gustan aquí.

No os voy a decir todavía por dónde van los tiros (más que nada porque me gusta que la historia madure bien antes de soltarla), pero hay un par de temas sobre el pasado de nuestra tierra y algunos sucesos extraños que me tienen la ceja levantada. El misterio no entiende de vacaciones, y ya sabéis que aquí siempre estamos buscando ese «algo más» que se oculta tras lo obvio. Estad atentos, porque en cuanto encaje las piezas, seréis los primeros en saberlo.
A seguir caminando
Da igual si has estado debajo de un paso, detrás de una barra o en una cama de hospital (o de casa). Lo que cuenta es que sigues aquí, dando guerra. No intentes ser un superhéroe de manual; acepta que estás cansado, que tienes mal humor o que hoy el mundo te pesa un poco más. Escucha esa incomodidad, porque es tu brújula diciéndote que necesitas un respiro de verdad, de los que no vienen marcados en rojo en el calendario.
Mañana el sol volverá a salir por el mismo sitio, y aquí seguiremos nosotros, con las botas listas y la curiosidad intacta. Porque al final, el camino no lo hacen las vacaciones, sino los pasos que damos cuando nadie nos está mirando.

Nos vemos en la siguiente vereda. ¡A darle fuerte!
Recuerda: el valor de tu camino no lo marca el calendario, sino la fuerza con la que te sostienes cuando el mundo cree que estás parado.
