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Un fin de semana por el Valle del Genal: pasarelas, montes y risas

Viernes: mochilas al maletero, viandas a bordo y carretera por delante. Salimos desde San Fernando con las ganas de campo por las nubes y la sensación de que, al menos por un finde, íbamos a dejar el reloj aparcado.  El plan era sencillo: un fin de semana de senderismo, risas y buena compañía por el Valle del Genal, uno de esos rincones donde el tiempo va más despacio.

El destino: Genalguacil, el famoso pueblo-museo de la Serranía de Ronda. Nuestro alojamiento, la Casa Rural El Manantial, prometía descanso y naturaleza a partes iguales… aunque lo de llegar hasta allí resultó ser una aventura en sí misma.

Camino, curvas y una casa entre montañas

La ruta desde casa se hizo larga por las ganas de llegar, pero de las que merecen la pena. Antes de llegar, hicimos parada en Gaucín para estirar las piernas y comernos un bocadillo, de los que saben a gloria cuando llevas kilómetros de carretera y son las 2 de la tarde. Ese bocata no alimentó, resucitó. Luego seguimos subiendo hacia el valle, entre montes y paisajes que parecían sacados de un cuadro.

El último tramo hasta la casa rural fue, digamos, movidito. El acceso a la casa rural El Manantial es una carretera sin asfaltar, llena de piedras y baches que te hacen dudar si llevas coche o tractor (y que te convierten en copiloto profesional de rally en dos minutos, pero sin casco ni patrocinador). Pero cuando por fin llegas, se te olvida todo: el sitio es un remanso de paz, rodeado de vegetación, con el río Genal sonando de fondo y una calma que te desarma.

Ya caía la tarde, y aunque por un momento se nos pasó por la cabeza salir a explorar algo más, decidimos que por el bien de los coches (y de los nervios) lo mejor era quedarse tranquilos. Así que aprovechamos que el Sendero de las Pasarelas del Río Genal (GR-249) pasa justo por detrás del alojamiento para dar un paseo por la ultima parte del sendero, esa que huele a bosque húmedo, suena a río contento y te deja el alma tranquila.

Al poco de andar, cruzamos la última de las tres pasarelas metálicas —la famosa Pasarela de Los Limones—, esa que te hace pensar: “sí, estoy en el monte de verdad”. El tramo terminaba en el Prado de la Escribana, un paraje precioso con el río a un lado y el bosque cerrándose sobre ti. Fue solo un aperitivo, pero ya sabíamos que el día siguiente iba a ser de los buenos.

La noche la pasamos en la casa, entre risas, copitas de vino y una cena de campo: tortilla, empanada, carne mechada, pollo, jamón, queso… y todo lo que habíamos traído de casa para no depender del coche ni del asfalto sin olvidar el buen vino. Buen ambiente, ganas de cachondeo y de exprimir hasta el último minuto del día.

Desayuno en Jubrique y la ruta de las Pasarelas del Genal

Y al día siguiente… ¡alehop! El sábado amaneció despejado, con ese aire fresco de montaña que te despeja hasta las ideas. Salimos temprano hacia Jubrique, donde nos esperaba un desayuno de los que se recuerdan: rebanás de campo con manteca colorá, surrapa  y demás manjares de colesterol (aunque lo digo con cariño, que hay que vivir).

Después del desayuno dimos un pequeño paseo por el pueblo, subiendo a pie para conocer sus calles blancas y sus vistas. No mucho, porque las cuestas de Jubrique son de las que te hacen replantearte la ruta…porque aquí hasta el panadero debe tener gemelos de acero, y no es para menos.

Desde allí bajamos en coche hasta la Venta del Camping del Genal, punto de inicio del Sendero de las Pasarelas del Río Genal, integrado en la GR-249, la Gran Senda de Málaga. Esta etapa conecta Jubrique con Genalguacil siguiendo el curso del río, entre bosques de ribera, álamos, tarajes y el sonido constante del agua.

El sendero arranca junto al camping al lado de la Venta de San Juan, cerrada en la actualidad,  y desciende suavemente siguiendo el cauce del Genal. Poco a poco, el paisaje se vuelve más frondoso y las pasarelas metálicas aparecen entre la vegetación, avanzando por la misma orilla del río y elevándose sobre las zonas más cerradas o empedradas. Recorrimos las dos primeras pasarelas del sendero —la tercera, la famosa de Los Limones, ya la habíamos hecho el día anterior—, disfrutando del frescor del río y del juego de luces entre los árboles. Cada pasarela parecía una alfombra metálica sobre el bosque, y nosotros, los protagonistas de una peli de aventuras versión rural con el río como banda sonora.

El recorrido nos llevó hasta la parte trasera de la Casa Rural El Manantial, cerrando así el tramo que el día anterior habíamos hecho a pie al atardecer. Tras una breve parada para disfrutar del entorno y alguna foto, emprendimos el camino de vuelta por el mismo sendero, regresando hasta el punto de inicio en el camping.

Allí nos esperaba la recompensa: una cerveza bien fría en la terraza y una buena comida en el restaurante del camping. Entre charlas, anécdotas y vistas al valle, el tiempo se nos pasó volando.

Por la tarde, seguimos en coche hacia Algatocín para coger la carretera de Ronda y dirigirnos a Benalauría, un pueblo donde el aparcamiento es casi un arte. Dejamos el coche fuera y bajamos andando para tomar un café —y algunos, un trozito de tarta—, que ya tocaba reponer azúcar después de tanta curva emocional y geográfica.

Antes de que la noche se nos echara encima, volvimos a El Manantial para otra velada entre amigos, risas y juegos. Y allí nos esperaban los verdaderos anfitriones: dos zorros.Uno más grande, que se dejaba ver por la noche, y otro pequeño que merodeaba al amanecer. Los dueños ya nos habían advertido de no dejar basura fuera, así que les preparamos un pequeño “banquete controlado” en un rincón del patio. Vinieron, comieron y posaron para las cámaras. Una visita salvaje con mucho arte. Y si llegan a saber lo que costó la carne mechada, hasta nos dejan propina.

Genalguacil, Sierra Bermeja y la vuelta con sabor asiático

El domingo amaneció tranquilo. Tocaba recoger y despedirnos del Manantial, pero antes hicimos una parada en el pueblo de Genalguacil. Allí desayunamos en el restaurante El Refugio, justo en el corazón del pueblo-museo, y paseamos entre esculturas, murales y calles empinadas donde el arte y el esfuerzo van de la mano.

Sobre las once pusimos rumbo a Sierra Bermeja, con la idea de comer en otra venta llamada también El Refugio, situada a unos 1.200 metros de altitud. Más curvas, menos guardarraíles y unas vistas que quitaban el hipo (y casi el volante). Pero al llegar, sorpresa: no había luz y sin reserva, nada de comer.  Entre el fresco que hacía y la niebla que bajaba entre los pinos, el paisaje era de película, aunque el estómago pronto iba ya a pedir su papel protagonista y ahí solo había el paisaje de primero, la niebla de segundo y el hambre de postre.

Tocó improvisar: bajamos hacia Estepona y terminamos comiendo en el asiático Bro’s Kitchen, cambiando las botas por los palillos. Después, de camino a casa, hicimos la última parada en La Palmosa para merendar y estirar las piernas antes del regreso definitivo a San Fernando.

Consejos prácticos

  • El acceso a la Casa Rural El Manantial no es para coches delicados: camino de tierra y muchas piedras, pero merece la pena.
  • Lleva calzado cómodo y con buen agarre. Entre humedad, río y piedras, el resbalón está al acecho.
  • Haz las rutas con luz suficiente: al caer la tarde el bosque se vuelve más cerrado y el entorno pierde visibilidad.
  • Si planeas comer en ventas de montaña, reserva antes y confirma que tengan luz (experiencia propia).
  • Y lo más importante: cuida el entorno. El Valle del Genal es una joya natural, y hay que dejarlo tan bonito como se encuentra.

Conclusión

Entre pasarelas que se arquean sobre el Genal, pueblos blancos llenos de arte, zorros con dotes de modelo y carreteras que parecen toboganes, el fin de semana fue una mezcla perfecta de aventura y desconexión.

Cambiamos el salitre por el verde, las olas por el murmullo del río y las prisas por las charlas largas al calor del vino.

Y así, entre curvas, risas y bocados de campo, entendimos que la felicidad también se mide en kilómetros… pero de monte.

Que no nos falten curvas, ni amigos, ni ganas de seguir perdiéndonos por ahí, que al final eso es lo que da sentido al viaje.


Crónica de un finde con más curvas que la carretera, y con la misma belleza.

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